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lunes, 28 de mayo de 2012

El entomólogo


Apenas abrí los ojos, me sentí mareada. Miré alrededor y no reconocí el lugar en el que estaba; tuvieron que pasar unos segundos para que mi mente empezara a recordar lo sucedido el día anterior.

Había viajado hasta Inglaterra en busca de William Kinsey, un renombrado entomólogo, quien se especializaba en arácnidos y dípteros. Se presumía, por las publicaciones de sus investigaciones, que sus actuales estudios lo habían ayudado a erradicar los daños de algunas especies de mosquitos y arañas en humanos. Y me enviaron a mí para entrevistarlo e indagar acercar de los beneficios de su descubrimiento.

No contaba yo con que este hombre estuviera escondido en la falda de un cerro inglés muy al norte del país, justo en una zona donde lo único que había eran montañas y más montañas acompañadas por lagos y pequeños ríos. Era más que obvio, entonces, que batallaría para encontrar la dirección del afamado científico —sobre todo porque la única referencia que tenía de su dirección era una foto en la que su casa apenas se veía y no un mapa—; sin embargo, tras explorar El Distrito de los Lagos, como lo llaman los ingleses, encontré la casa de este hombre.

lunes, 31 de octubre de 2011

Es mejor no mirar atrás



"Hay veces en las que es mejor no mirar atrás."

Estiró el cuello para ver por encima de la pared de su cubículo: ya estaba anocheciendo.

Su jefe había tenido la amabilidad de informarle, minutos antes de su hora de salida, que era necesario corregir y poner en orden la documentación comercial del mes, lo cual significaba que debía aplicarse a ello a la voz de ya sin sacrificar su jornada laboral normal. Dejó escapar un largo suspiro al mismo tiempo que se reclinaba en su silla. No tenía idea de cuánto tiempo le tomaría terminar y sospechaba que, al paso que iba, bien podría pasar la noche entera revisando facturas y escribiendo informes.

Sentía el cuerpo entumecido, así que se puso de pie y estiró los brazos hacia el techo hasta escuchar el chasquido de los huesos de su espalda.

sábado, 31 de octubre de 2009

Moscas en el techo

Muchas veces tenía una sensación extraña. No estaba segura si era por paranoia o porque sus hermanas jugaban a la güija justamente en su habitación; aunque ella no hacía ningún esfuerzo en oponerse o detenerlas. Al contrario, siempre estaba presente aún cuando no formara parte de la actividad.

Luisa estaba ahí con la excusa de ayudar a alguna de sus hermanas por si algo salía mal (y varias veces las cosas salieron mal), pero su verdadero motor era la curiosidad y la aventura. Ser testigo de otras tres mujeres tentando a la suerte y explorando lo desconocido le provocaba cosquillas en la barriga.

Las primeras veces que le dejaron estar presente durante las cuasi-sesiones espiritistas sentía que las piernas le fallarían en cualquier momento. La espalda, la frente y las manos se le mojaban con sudor frío. Y todo eso se intensificó cuando veía que el marcador se movía sobre el tablero de madera. Varias veces llegó a pensar que se desmayaría, pero su estado nunca pasó de una debilidad paralizante o temblores ligeros.