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jueves, 10 de enero de 2013

Pedro Páramo de Juan Rulfo, pág. 45 y 46

—¿También a usted le avisó mi madre que yo vendría? —le pregunté.
—No. Y a propósito, ¿qué es de tu madre?
—Murió —dije.
—¿Ya murió? ¿Y de qué?
—No supe de qué. Tal vez de tristeza. Suspiraba mucho.
—Eso es malo. Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace. ¿De modo que murió?
—Sí. Quizá usted debió saberlo.
—¿Y por qué iba a saberlo? Hace muchos años que no sé nada.
—Entonces ¿cómo es que dio usted conmigo?
—...
—¿Está usted viva, Damiana? ¡Dígame, Damiana!
Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías.

miércoles, 9 de enero de 2013

Pedro Páramo de Juan Rulfo, pág. 34

¿Por qué aquella mirada se volvía valiente ante la resignación? Qué le costaba a él perdonar, cuando era tan fácil decir una palabra o dos, o cien palabras si éstas fueras necesarias para salvar el alma. ¿Qué sabía él del Cielo y del Infierno? Y sin embargo, él, perdido en un pueblo sin nombre, sabía los que habían merecido el Cielo.

martes, 8 de enero de 2013

Pedro Páramo de Juan Rulfo, pág. 26

«¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto?», me preguntó a mí.
—No, doña Eduviges.
—Más te vale.

lunes, 7 de enero de 2013

Pedro Páramo de Juan Rulfo, pág. 23

—Que se resignen otros, abuela, yo no estoy para resignaciones.
—¡Tú y tus rarezas! Siento que te va a ir mal, Pedro Páramo.

domingo, 6 de enero de 2013

Pedro Páramo de Juan Rulfo, pág. 20 y 21

—Ve tú en mi lugar —me decía.
Y fui.
Me valí de la oscuridad y de otra cosa que ella no sabía: y es que a mí también me gustaba Pedro Páramo.
Me acosté con él, con gusto, con ganas. Me atrinchilé a su cuerpo; pero el jolgorio del día anterior lo había dejado rendido, así que se pasó la noche roncando. Todo lo que hizo fue entreverar sus piernas entre mis piernas.
Antes que amaneciera me levanté y fui a ver a Dolores. Le dije:
—Ahora anda tú. Éste es ya otro día.
—¿Qué te hizo? —me preguntó.
—Todavía no lo sé —le contesté.

sábado, 5 de enero de 2013

Pedro Páramo de Juan Rulfo, pág. 12

—Éste es su cuarto —me dijo.
No tenía puertas, solamente aquella por donde habíamos entrado. Encendió la vela y lo vi vacío.
—Aquí no hay dónde acostarse —le dije.
—No se preocupe por eso. Usted ha de venir cansado y el sueño es muy buen colchón para el cansancio.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Pedro Páramo de Juan Rulfo, pág. 11

Hubiera querido decirle: "Te equivocaste de domicilio. Me diste una dirección mal dada. Me mandaste al '¿dónde es esto y dónde es aquello?' A un pueblo solitario. Buscando a alguien que no existe."

viernes, 28 de diciembre de 2012

Pedro Páramo de Juan Rulfo, pág. 7

Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre.

miércoles, 11 de julio de 2012

Pedro Páramo de Juan Rulfo, pág. 10

Y aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo vivía. Y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.

martes, 3 de julio de 2012

Pedro Páramo de Juan Rulfo, pág. 8

Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo.
—Hace calor aquí —dije.
—Sí, y esto no es nada —me contestó el otro—. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del Infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al Infierno regresan por su cobija.

viernes, 29 de junio de 2012

Pedro Páramo de Juan Rulfo, pág. 6



Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias.
El camino subía y bajaba: "Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja."